Hay algo que hace que manifieste mi defecto de carácter, ese comportamiento dañino que se rebela, tarde o temprano, contra la autoridad. La reacción que provoco en los demás, su rechazo cuando intento imponer lo que yo creo que es mejor, la forma que tengo de hacerlo, la tensión que genero cuando lo expongo. Mi intención es tener otro camino, uno en el que encuentre la integración con los demás, ser uno más. El Programa me enseña en su Segunda Tradición que “en cuanto a cada grupo y sus asuntos solo existe para nosotros una autoridad fundamental: un Dios de amor que se manifiesta en el conciencia de nuestro grupo. Nuestros líderes no son más que servidores de confianza y no gobiernan”. Esta tradición, redescubierta hace poco, me lleva de lleno a mi problema, respetar la autoridad, como lo que más me conviene para evitar conflictos, hacer daño, aislarme. En mi comportamiento dañino, defecto de carácter, esta tradición le dice a mi ego que sea humilde; dar mi punto de vista sin esperar a que se apruebe, solo estar dispuesto para servir a los demás, a mí mismo. Poder sentir esa conciencia de que soy uno más, de sentirme integrado, sin buscar la admiración de los demás. No importa tanto que el grupo vaya por el buen camino, como que yo pueda ir junto a ellos para, entre todos, buscar el camino de la buena vida. Lo que pretendo en este Paso Cuatro es identificar esa parte mía que hace daño, darla un nombre para poder liberarme de ella en el Paso Siete.