“Humildemente le pido que me libere de mis defectos de carácter.” La humildad logra que me vea tal como soy. Es esa parte de mí que me permite pedir ayuda. Con la humildad puedo ver que aún llevando razón la pierdo cuando manifiesto mis defectos de carácter. Ella me permite derrotarme sin sentirme humillado. La humildad logra que acepte mis límites. Ella comienza donde acaba la razón; sentir que llevo razón y aún así verme humillado, maltratado, insultado, es ahí cuando necesito la humildad; poder verla con mi sano juicio; ese que me permite ver que aunque lleve razón lo mejor para mí es no enfadarme, no sentirme ofendido, no reaccionar; son en esos momentos cuando logro liberarme de comportamientos razonables, donde mi respuesta debería ser la normal, de cualquier persona normal, reaccionar defendiéndose, haciendo valer lo que está bien. La humildad me pide que acepte mi impotencia en esos momentos, que acepte que cualquier reacción en esos momentos será una agresión, a mí. La humildad me hace ver las cosas, no desde la razón, sino desde el sano juicio, ese que me deja ver lo que es mejor para mí. La humildad me enseña, al contrario que mi ego, el poco poder que tengo, la poca capacidad que tengo de mejorar por mi mismo. La humildad me ha enseñado el valor de la derrota, el valor que más me ha permitido acercarme a la buena vida.