Tocar fondo; sentir que ya no podía más verme manejado, al antojo, por la adicción; supe que necesitaba ayuda. Probé muchas formas de manejar la adición, no funcionaron. Solo cuando acepto que yo solo no puedo es cuando lo consigo. Es como si la adición fuera levantar un peso de 300 kg., aceptar que yo solo no puedo, pedir ayuda para levantarlo, entonces es cuando consigo una libertad duradera. Se produce la paradoja de que cuando declaro mi derrota, y pido ayuda, es cuando siento que he ganado, me libero de la adición. Ha sido la derrota total la piedra sobre la que he construido mi recuperación, mi buena vida. Esta derrota me ha enseñado que no vale la razón para tener una buena vida; he podido ver que no hay ninguna razón que justifique volver a la vida de antes. El primer día que asistí a una reunión supe que era adicto, saberlo me dio tranquilidad, me sirvió como la guía que marca el camino a seguir. En esa reunión pude darme cuenta de que la adición escondía problemas en mi personalidad, ella era solo la punta del iceberg. La pérdida de la dignidad es la manifestación más cruda de esta enfermedad. Al tratar la adición como una enfermedad me alivió ver que mis comportamientos no provenían de la maldad sino de la enfermedad. Las personas que me ayudaron me dijeron: hazlo solo por hoy, mañana quizás recaigas pero hoy no lo hagas. El Paso Uno ha sido el comienzo de mi camino hacia la buena vida.