Hay algo en mí que se revela ante la autoridad. Cuando entro en un grupo organizado, donde hay unas reglas, unas normas de funcionamiento, una o varias personas que deciden; al principio me encuentro a gusto, parece que todo va a ir bien, poco a poco voy viendo decisiones, comportamientos con los que no estoy de acuerdo. En esos momentos comienzo a sentir que debo intervenir para ayudar a tomar mejores decisiones, me creo con la capacidad de que se hagan las cosas mejor. Siento el deber de decir lo que pienso, lo justifico diciéndome que es lo mejor para todos, que todos estaremos mejor si lo hacemos como yo pienso. Esto va generando en el ambiente un sentimiento de incomodidad. Al creerme en posesión de la verdad sigo empeñado en el intento de cambiar las cosas, no desisto. Comienzo a sentirme intolerante con algunas posturas de los demás, con las decisiones que se van tomando que no comparto. En este actitud de no aceptar la autoridad va apareciendo mi intolerancia. Llegados a este punto pasan dos cosas, una es el abandono del grupo; la otra es seguir en el grupo con un sentimiento solitario, de persona rara, conflictiva. Comienza mi autodestrucción. Comienzan mis ataques a los demás, mis disculpas continuas, mi desequilibrio, que traslado a los demás. Estoy en disposición a dejar que un grupo de personas, con El Programa, me ayuden a liberarme de la mala relación que tengo con la autoridad. Tengo la esperanza de que este camino me ayude a mejorar las relaciones con los demás, me acerque a la buena vida.