Hasta el paso siete el camino hacia el amor pasaba por conocerme. Ir recuperando mi sano juicio para no pensar, no decir, no hacer cosas que me hagan daño. A partir del paso ocho comienza el camino hacia el amor a los demás. Conocerles para no pensar, no decir, no hacer cosas que les hagan daño. Buscar en mí las cosas de valor, hacerlas valer a los demás, sin presunción, con naturalidad; hacer ver a los demás que conmigo se vive mejor, más intenso, más divertido, más sereno, más tranquilo, con un espíritu de aventura, más apoyado, motivado, más cuidado, más comprometido, más dialogante, más respetuoso, con más ternura, con más amor, se vive más libre. Mostrar a los que están cerca de mí que conmigo nos hacemos mejores. Todo esto ponerlo en valor, no dejarme insultar, agredir, manipular, menospreciar, humillar. No dejarme llevar por el masoquismo. Llegar a acuerdos que nos hagan la vida mejor; no importan que se incumplan; una y otra vez volver a hablarlo, tener una actitud constante de mejorar nuestra forma de relacionarnos. Si yo intento conocer a la persona para no hacerla daño, eso tiene valor, debo hacerlo valer; señalarla el camino para que ella también conozca cómo mostrar su amor. Cuando la otra persona no me corresponde eso no justifica que yo tenga que hacer daño, que me salte mis acuerdos. Si la otra persona no es capaz de mantenerlos, debo ayudarla a que lo consiga, respetando los míos. Amar lleva ese peso, el mío, el de los demás. Conocer a los demás me acerca a la buena vida.