En este Paso Ocho me preparo para aprender a amar a los demás. Es algo nuevo para mí, acostumbrado a controlar, manipular. Estar dispuesto a reparar no es solo disculparme, sino la intención de que voy a poner toda mi buena voluntad para que no se repita. Lo importante en esta actitud no es recaer, en lo que me propuse no volver a hacer, a decir, lo importante es que cada vez que me de cuenta, que la otra persona me reproche que he vuelto a decirlo, a hacerlo, yo me vuelva a disculpar. Aunque yo lleve la razón, si la otra persona siente que la he hecho daño, es estar dispuesto a reparar; derrotándome ante la impaciencia para poder hacerlo en el momento en que los dos estemos serenos. Ahora se trata de aprender qué cosas hacen daño a los demás. No es una cuestión de la razón, es poner mi buena voluntad en tener comportamientos que no hagan daño. He llegado al convencimiento de que la mejor manera de no hacerme daño es no haciéndoselo a los demás. Por eso ha sido necesario primero quererme, para poder ahora querer a los demás. Manifestar lo que pienso, lo que quiero, sin enfadarme, es una buena manera de sacar lo mejor de los demás. Cuando lleguen los inevitables momentos en los que me sienta ofendido, amenazado, insultado, agredido, poder sufrir sin actuar, evitar manifestarme, en ese momento, como la mejor manera de no decir, no hacer cosas que me generarán remordimientos, esas emociones que me llevan a sufrir, al pensar que lo podía haber hecho de otra manera, mejor. No se trata de no decir lo que pienso sino de hacerlo en los momentos en que estemos serenos. Esto solo lo conseguiré si me derroto ante la impaciencia, liberarme de ella me acerca a la buena vida.