La impaciencia, molestarme si los demás no se comportan como a mí me gustaría, forzar a que las cosas sucedan; es una actitud que, a partir de los 22 años, me creía con el derecho a tenerla solo por ser el jefe de mi propia empresa; esta actitud la veía normal dentro del trabajo sin darme cuenta que estaba en mi naturaleza, mostrándola también con mi pareja, hijos, familia, amigos, con todos en general. Esta actitud mía, consiguió aislarme de los demás; con unos seguíamos juntos por codependencia, con otros se ampliaban las distancias, con los demás se reducía a pocas relaciones cortas, superficiales; ahora comienzo a ver la cantidad de veces que se me manifiesta a lo largo del día, tengo que ser consciente de ella para que no se me cuele, para que no saque mi peor parte, esa que se cree con el derecho de hablar mal a los demás, a sentirme agraviado por lo que dicen o hacen. Es el valor tiempo el que me hace perder la razón, no me vale con manifestar mis propósitos sino que quiero que se cumplan ahora; la impaciencia me lleva a pensar que si no se hacen ahora ya nunca se harán; la impaciencia hace que lo que tengo que decir lo diga nervioso, alterado emocionalmente, generando una situación incómoda para los demás; sintiéndose manipulados se produce un conflicto, en la mayoría de los casos pasando desapercibido, pero que lleva al bloqueo. Buscar los tiempos, dejar que los otros los marquen, derrotarme ante la impaciencia, aunque eso parezcan retrocesos aparentes, me acerca a la buena vida