En el inventario moral de mí mismo, una y otra vez aparece la impaciencia como la causante de constantes conflictos; molestarme por comportamientos de otros, por forzar a que algo suceda. La impaciencia fuerza, tarde o temprano, un choque con las personas, lo que me acaba aislando. Esto lo manifiesto de una forma más clara en los grupos de amigos, de trabajo, en los grupos donde se persiguen unos fines; tarde o temprano intento imponer mis ideas; lo que digo, lo que manifiesto, lo hago haciendo sentirse a las otras personas atacadas, infravaloradas cuando intento asumir el mando. Ante una discusión mi posición es de confrontación, soy poco tolerante con las ideas y comportamientos de los demás, se lo hago saber con mis manifestaciones, mi tono tenso de voz, mis palabras duras. Aunque no diga lo que piense en ese momento, mis gestos, tono de voz, mi mirada se lo está diciendo, me muestro transparente. Cuando creo en algo me empeño en que los demás lo sepan, intento que se haga, con impaciencia, hago sentirse a la otra persona de menos. Esta actitud de impaciencia la comencé a mostrar, de forma desatada, desde que asumí la dirección de mi propia empresa; con 22 años comencé a tratar a los demás desde una posición en la que forzaba a que las cosas sucedieran, a molestarme por comportamientos que no fueran como yo quería. Ahora la veo, sin agredirme por ello, espero que El Programa me ayude a derrotarme ante ella.