Es algo mágico, cuando busco la buena vida la encuentro, cuando creo que la tengo la pierdo. Es escurridiza, hace que tenga que estar pendiente constantemente de mi equilibrio. Aceptar el sufrimiento, derrotarme ante la impaciencia para no aumentarlo, para no agravar la causa que lo originó, sentir que soy capaz de solucionar los conflictos de otra manera, mejor; sin crear más sufrimiento. Sufrir sin actuar, dejar que pase el tiempo, que mis emociones se calmen para poder pensar con serenidad, con sano juicio. Ahora puedo ver que cuando me siento agredido, contrariado, amenazado, son los comportamientos impulsivos los que producen más daño, los que me llevan a querer huir del dolor, agravándolo. La meditación me está sirviendo para conectar con ese dolor, sentirlo en el estómago, tratarlo con cariño, darle amor, ese que necesito para recuperar la serenidad, para calmar mis emociones desbocadas. Durante unos minutos llevo mi mente a mi cuerpo, comienzo a sentir la respiración, poco a poco el dolor se va calmando, comienzo a ver las cosas de otra manera, más tranquila; me siento bien por no haber actuado, por no haber agravado el conflicto. Al haber podido derrotarme ante la impaciencia siento que me salvo de padecer los remordimientos, esas emociones que me hacen sufrir, al saber que lo podía haber hecho de otra manera, sin añadir más dolor al que ya existe. Mi búsqueda de la buena vida me acerca a ella.