Los momentos en que todo lo veo mal, un estado de malestar, rebeldía, frustración, ira, desconsuelo, se apodera de mí. No importan que las cosas sean parecidas a como eran ayer, en esos momentos todo lo veo bajo un filtro oscuro, negro. Unas veces es por algo que los provoca, una noticia, una discusión, un problema, un conflicto. Otras veces me vienen sin saber porqué, de pronto cambia mi actitud, para mal. Esos momentos, aún siendo esporádicos, aún siendo los menos, son los que más pesan, los que más poder tienen. Enajenan mi mente, no me dejan ver que son una trampa, que cuando se pasen, todo seguirá parecido a como estaba, pero mi estado habrá cambiado, lo podré ver todo bien. Desenmascararlos, poder verlos como una trampa que me juega mi mente; dejar que pasen, no hacerlos caso. Mientras duren, evitar tener relaciones sociales, cuidarme para no empeorarlos. El gran peligro de estos momentos malos, no es que me vengan, que lo vea todo mal, el gran peligro es que no logre saber gestionarlos, que los manifieste haciendo daño, a mí, a los demás. Poder sufrir sin actuar. Cuando lleguen, dejar lo que considere importante, de hacer, de decir, para otro momento en el que me encuentre bien, donde pueda manifestarme sin crear sufrimiento. Derrotarme ante la impaciencia me permite aprender a gestionar esos momentos malos, dejándolos pasar logro tener menos conflictos, menos sufrimiento, me acerco a la buena vida.