La mejor forma de salir de un momento malo, de un día malo, es haciendo más pequeño a mi ego; ese que quiere que le traten de una determinada manera, que las cosas se hagan como él cree, que le quieran los que él quiere, el que quiere que le digan lo que él quiere oír. Mi ego es esa parte de mí que se molesta, que se enfada cuando no se cumple su voluntad, que entra en conflicto, muchas veces, cuando no consigue lo que él considera que debe de ser. La mejor manera de hacer más pequeño a mi ego es a través de la humildad. Ser humilde a mí no me viene de naturaleza; igual que un tenista aprende a serlo practicando, para ser humilde necesito estar en una actitud de practicarlo, de aprender a serlo. Comenzar a desdramatizar lo que pasa, a mí, a los demás; no darme tanta importancia, aceptar que tengo poco poder para cambiar a los demás, para cambiar las cosas; que apenas me llega el poder para mi sano juicio, ese que intenta hacer de lo que quiero lo que me conviene. Practico la humildad al verme impotente ante muchas cosas, cuando asumo que no puedo ser, tener lo que quiero, cuando yo quiero. Practico la humildad al derrotarme ante la impaciencia. Reconocerme impotente para que se cumpla mi voluntad, ser capaz de dejar lo que quiero para otro momento, en el que tenga serenidad. Derrotándome ante la impaciencia logro practicar la humildad, logro acercarme a la buena vida.