Aunque me gustaría tener la capacidad para contestar deprisa ante las situaciones que creo que lo requieren, mi sano juicio me hace ver que no me conviene, generalmente me arrepiento, con remordimientos, de la decisión que tomé por impulso, de lo que dije o hice en ese momento, pensar que lo podía haber evitado. Es el temor a que pase lo peor lo que me impulsa a hacerlo; mis pensamientos me dicen que actúe lo antes posible; aunque en algunos casos es así, como cuando hay una hemorragia que hay que tapar, en la mayoría de los casos, parar unos instantes para tomar la decisión hace que pueda valorar otras opciones. Esto no quiere decir que eluda el problema, solo que me permita contemplarlo desde varios puntos de vista para intentar dar con la mejor decisión. Generalmente la primera decisión, por impulso, suele ser la más conflictiva, intenta solucionar el problema sin tener otras cosas en cuenta. Sentirme libre para no actuar de inmediato, ya. Estoy viendo cómo en los problemas donde me doy un tiempo para ver la mejor forma de abordarlo, me siento mejor. No se trata de que se solucione como a mí me habría gustado sino de que he intentado que se solucione sin conflicto. En muchos casos la mejor decisión es cuando busco la ayuda de otras personas; es a través de una fuerza mayor que la mía cuando puedo conseguir más cosas. Derrotarme ante mi actitud impulsiva, ante esos problemas que creo que son emergencias, me acerca a la buena vida.