La impaciencia, estar haciendo algo y con el pensamiento estar en lo que tengo que hacer después; una actitud inconsciente, habitual, que no la he reconocido tan claramente como ahora, la veía normal, lo que he hecho siempre, al hacer algo ya estoy pensando en otras cosas que tengo que hacer; es como si estuviera andando por un camino y estuviera pensando cuando esté andando por otro. La impaciencia me impide vivir el presente, me lleva al futuro. Es el obstáculo para vivir el momento, la que me impide abordar los problemas con serenidad, en el momento, en el lugar, de la forma adecuada. La impaciencia me lleva a que las cosas, que yo quiero, sucedan, ya. Esta actitud choca con la calma que necesito para tener relaciones sanas, afectuosas; cuando la persona no dice, no hace lo que quiero, entonces, la impaciencia, hace que aborde el asunto con las prisas a las que diariamente estoy acostumbrado. Poder derrotarme ante la impaciencia es también hacerlo cuando sienta que los pensamientos me están llevando a las cosas que tendré que hacer, a las prisas. No se trata de que cuando piense en lo que quiero hacer, lo haga, sino en los pensamientos de los que no tengo control, los que me empujan a querer hacer varias cosas a la vez, acabar con prisas lo que estoy haciendo, a ser impulsivo, a reaccionar, a hacer con angustia una cosa por querer hacerlas todas, por acabar, ya. Derrotarme ante la impaciencia es hacerlo ante mi forma habitual de vivir, con prisas.