Hacer algo que deseo, que si lo hago creo que me voy a encontrar bien, mejor; lo hago, después me siento peor. Decido no volver a hacerlo, lo vuelvo a hacer. Por cuántas veces voy a hacer cosas que quiero pero que sé que me van a perjudicar. No es lo quiero mi sano juicio, es de lo que quiero lo que me conviene. Hacer lo que mis amigos, mi familia me piden, algo que yo sé que no me conviene para después acabar mostrando mi parte mala, defraudándoles a ellos, a mí. En esto consiste el sano juicio, en saber que si busco el bienestar pero acabo con malos sentimientos, entonces, mi sano juicio me dice que debo evitarlo; no permitir que las cosas que pueden hacerme mejor la vida se queden en segundo lugar. No se trata de lo que socialmente, culturalmente se entiende por bueno o malo, sino lo que yo vivo como mejor o peor lo que me acerca o me aleja de la buena vida. No es lo que mi familia, mis amigos, la sociedad, mi razón, me dicen que es bueno, justo, conveniente, sino lo que mis emociones me hacen sentir como bien o mal. No es mi razón la que me acerca a la buena vida, son mis emociones. Mi razón me dice lo que quiero, mis emociones me dicen si me conviene. Son con mis emociones con las que siento las cosas que me van pasando, las que me dicen si la próxima vez debo actuar igual, o no. Conocerlas, escucharlas, dejarme guiar por ellas me acerca a la buena vida