Sentir la fuerza de ser yo quien gobierna mi vida; de que lo bien o mal que me encuentre va a depender de la actitud que tenga ante lo que me pase, de bueno, de malo. Es inevitable pensar que me pasarán cosas malas, sin embargo son esas cosas malas las que me fuerzan a mejorar. Los mayores avances en mi camino hacia la buena vida los he tenido cuando me han pasado cosas malas; al principio lo veo como algo que me genera sufrimiento, pero depende de mi actitud puedo sufrir más o menos. Lo primero que tengo que hacer es no caer en mi gran enemigo, la autocompasión, con ella no solo no soluciono nada sino que me hundo más en el problema emocional. Después, necesito tener sano juicio para saber qué parte debo aceptar, la que no puedo cambiar; en qué parte puedo influir para que la situación mejore. Es aquí cuando entra en juego mi impaciencia, poder derrotarme ante ella, buscar mi sano juicio para saber, qué, cómo abordar el asunto, en qué momento. Esto hace que algo que me ha creado una situación de sufrimiento no la empeore, que mis remordimientos no añadan más sufrimiento al que ya tengo. Mi actitud ante lo malo hace que pueda actuar, no como mandaría mi razón sino cómo a mí me convenga, evitar todo el sufrimiento posible. Cuando logro tratar bien un problema emocional, entonces siento que he mejorado, soy mejor que antes. Algo que es malo me ha hecho mejor. Esto no lo siento cuando me pasan cosas buenas. No autocompadecerme, buscar mi sano juicio, derrotarme ante la impaciencia, me acerca a la buena vida.