La paciencia me ha demostrado su fuerza. Acabar una relación, sin saber porqué, no entender cuál ha sido el motivo por lo que esa persona se distancia de mí. Comenzar a buscar explicaciones que justifiquen el porqué; no encontrarlas con suficiente peso. Mis primeros impulsos, sentir mi ego agraviado, despreciado, ofendido. Querer reaccionar con comportamientos que pidan explicaciones, que quieran cambiar comportamientos. Poder aceptar a esa persona, sus partes buenas, las malas, aceptarla como es, no intentar cambiarla. Decidir esperar, aceptar lo que venga como lo mejor que puede pasar; sino quiere continuar con nuestra relación, respetarlo; no hacer daño porque las personas no me traten como a mí me gustaría; estar ahí por si cambia su actitud hacia mí. La paciencia logra que base mis relaciones, no tanto en hacer el bien, como en no hacer daño. Saber esperar a que si quieren tener relación conmigo puedan dar un paso adelante, facilitárselo, sin forzar, dejando claro mi disposición abierta, sin resentimientos. Poder derrotarme ante la impaciencia, querer que los demás me traten como a mí me gustaría, en el momento en el que a mí me gustaría; lograr que mis relaciones sean más auténticas, sin forzar a que me quieran más de lo que están dispuestas a hacerlo. La paciencia me permite dejar que los demás muestren lo que sienten sin forzarles yo a ello; es cuando me invade la impaciencia cuando se distancian más de mí. Derrotarme ante la impaciencia me acerca a la buena vida.