Me gustaría ayudar más a los demás pero mi codependencia me lleva a controlar sus vidas. Estoy prisionero de mi condición. Aunque me gustaría ayudar sin esperar nada a cambio, lo que siento es que, en mis momentos malos, pido que se me devuelva, en forma de cómo me traten, cómo me hablen, incluso en lo que hacen, en definitiva en controlar sus vidas; lo que me lleva al conflicto, a los remordimientos, esos que me hacen sufrir. El control es a la codependencia lo que el alcohol al alcoholismo, por querer tener un poco acaba desatándose todo. Esta consciencia de mi estado, limita mi fin, amar. No seré capaz de amar incondicionalmente, tengo que poner mis límites para no acabar haciendo más mal que bien, a mí, a los demás. Verme limitado, vivir no tanto para hacer el bien como para no hacer el mal. En esa zona de evitar el sufrimiento es en la que me puedo mover. Otra forma de amar, la de no hacer daño, a mí, a los demás. Tengo que reconocer mis límites, no se trata de lo que me gustaría ser, se trata de lo que soy, de los pequeños avances, de los posibles grandes retrocesos si me dejo llevar por lo que me gustaría en vez de por lo que me conviene, si pierdo el sano juicio. Poder buscar mi espacio de amar, no el de querer ayudar a los demás para acabar intentando controlar sus vidas, amar, sí, para evitar hacer daño; no es el ideal pero es lo mejor que puedo hacer; reconocer humildemente mis límites. Derrotarme ante la codependencia me acerca a la buena vida.