Ir con prisas hace que me equivoque más veces, que conteste mal con más facilidad, que mis movimientos tropiecen con más cosas, que mis pensamientos sean de ansiedad, que busque atajos que no me dan la solución a lo que necesito, no me permite disfrutar de lo que hago, con ansia, me provoca más conflictos, me produce más remordimientos, me hace sufrir más, me acerca a la soledad. Ir con prisas es solo estar pendiente de lo mío, de satisfacer, de conseguir lo que me he propuesto, ya, dejando de lado las relaciones sanas, afectuosas, esas que tengo como mi primera prioridad. Las prisas es una de las manifestaciones de la impaciencia, derrotarme ante ella es hacerlo también ante la impaciencia. Llenarme la vida de más asuntos de los que puedo atender, aplazar las cosas para después intentar hacerlo todo en un momento; creerme imprescindible. Querer vivir más, hacer más cosas en menos tiempo, eso hace que viva menos, que sea menos perceptivo de lo que hago, de lo que siento, de lo que digo. Al derrotarme ante las prisas, como una actitud ante la vida, haré menos cosas, más intensas. No por ir con prisas soy más vital, no por hacer más cosas me siento mejor. Pensar, decir, hacer las cosas sin prisas, disfrutar de lo que hago, dar prioridad a mi serenidad, a las relaciones sanas, afectuosas. Derrotarme ante las prisas me acerca a la buena vida.