Empeñarme en morir o empeñarme en vivir; esta frase que una vez oí me guió durante mucho tiempo, en una época de cambio en mi vida. Sentir que una parte de mí moría, que siendo yo mismo era diferente. Esta sensación la he tenido dos veces; una cuando dejé el alcohol, la otra cuando decidí tomar las riendas de mi vida, vivir mi vida. A partir de ese momento mi vida ya no dependía de cómo me tratasen los demás; el control de mi vida en vez de venir de afuera, lo comencé a sentir desde dentro. A partir de ese momento dejé de vivir la vida de otras personas, comencé a aprender a vivir la mía. Ha sido como un salto al vacío, sin saber si debajo hay agua o piedras. Esta decisión que tomé ha sido una de las mejores de mi vida. Desde entonces he querido acercarme a la buena vida; en gran medida lo estoy consiguiendo. Una de las cosas que más me ha ayudado es aprender a tener relaciones sanas, afectuosas; para ello ha sido necesario derrotarme ante muchas cosas pero sobre todo ante los conflictos. He podido ser consciente de cómo mi naturaleza estaba tan arraigada a tener conflictos, no podía plantear los temas en desacuerdo sin entrar en conflictos; ahora veo cómo voy aprendiendo a manifestarme sin caer en ellos. Para eso lo que me pido es derrotarme ante la impaciencia; poder esperar a que la otra persona y yo tengamos las emociones tranquilas, evitar el aquí y ahora. No es importante si el asunto en cuestión se aborda ahora o mañana, lo importante es que pueda hablarlo sin descalificar, con empatía, sin ansiedad ni ira. Derrotarme ante la impaciencia me acerca a la buena vida.