Una y otra vez acabo cayendo en la impaciencia. Cada vez veo más claro cómo lo que se convierte en un conflicto hubiera podido, si me hubiera derrotado ante ella, ser una tranquila conversación, un comentario mío sin más pretensión que el que la otra persona lo oiga, que sepa lo que pienso, sin que se origine por ello un conflicto. Necesito poder derrotarme ante la impaciencia para poder manifestar mi disconformidad, sin que por ello tenga que discutir. Me doy cuenta de que es en ciertos momentos del día, que coinciden con un estado de cansancio, cuando caigo con más facilidad en mis defectos de carácter. Darme cuenta es importante porque bastaría con no sacar temas, durante y después de comer, que pueden provocar la discordia, para evitar conflictos; es en esos momentos cuando noto mi pérdida de control, cuando siento que con cada comentario con el que no esté de acuerdo lo distorsiono, lo defiendo de una manera desmedida. Conocerme cuándo me siento cansado, poder dejar, en esos momentos, todo como está, no intentar mejorar nada, es lo que más me conviene en esos momentos. Vuelvo a constatar que no avanzo nada con los conflictos pero sí retrocedo en mis relaciones sanas, afectivas. Detrás de mi intención de mejorar las cosas, según mi razón, está mi ego, ese que me dice que no le vale con intentar mejorar las cosas, según yo creo, tiene que ser ahora; sin tener en cuenta si en ese momento nuestras emociones están tranquilas. La impaciencia no tiene en cuenta mi prioridad, tener relaciones sanas, afectuosas. Derrotarme ante la impaciencia me acerca a la buena vida.