Cuanto más profundizo en conocerme más consciente soy de que la impaciencia es la que me lleva a los conflictos; este defecto de carácter que me he propuesto liberarme de él me lleva a un estado de enfado, de conflicto. Cada vez veo más claro que los conflictos no me aportan nada bueno, siempre salgo perdiendo, aunque lo otra persona pierda más o menos, yo siempre pierdo. Hay conflictos de los que no me puedo librar, son los que me involucran para que diga o haga algo, de alguna manera me fuerzan a intervenir; otros puedo decidir entre tenerlos o no. En la mayoría de los casos los conflictos son con las personas más cercanas a mí, con las que más lazos emocionales tengo; son ellas por las que siento remordimientos, esas emociones que me apartan, bruscamente, de la buena vida. La forma de cómo he aprendido a salir del dolor es reparando lo antes posible. No es necesario dejar que pase el tiempo sin poner toda mi buena voluntad en reparar. Antes me sentía ofendido por el conflicto, me podía aislar de esa persona durante algún tiempo; ahora veo que durante todo ese tiempo lo que me he hecho es un daño inútil. Lo que estoy aprendiendo es a esperar, reparar cuando las emociones de los dos estén más tranquilas, pueden pasar una o varias horas pero siempre intentaré hacerlo antes de que acabe el día; por la noche, siempre que pueda, evitaré los conflictos. Cada día para mí es un día para reparar, esta actitud me acerca a la buena vida.