Querer hacer el bien, acabar haciendo el mal. Siento una fuerza que me lleva a mostrarme cercano a esa persona, muestro mi disposición a ayudarla, ella la toma de buen grado, comenzamos muy pendientes de respetar las línea rojas del otro, el tiempo pasa, la confianza aumenta, los acuerdos se diluyen, nuestra completa naturaleza se ha manifestado, la parte buena, la mala. No logro derrotarme ante la impaciencia, no puedo evitar mis primeros impulsos, manifiesto un comportamiento, no ya intolerante, si intransigente, el camino que esperaba que me uniera más a ella, me acaba alejando. Todas las buenas intenciones se convierten en reproches, en conflictos; vuelvo a apartarme de mi sano juicio, ese que me dice que no me basta con quererlo, me tiene que convenir, no agredirme, no agredir a la otra persona. Cuando es con alguien de mis círculos lejanos, ese mal estado emocional no me dura mucho tiempo, podría solucionarlo poniendo distancia por medio; el verdadero estado emocional perturbador es cuando la persona está en mi círculo cercano; entonces a los conflictos, que se originan por querer hacer el bien, se suman otros resentimientos anteriores, los de toda una vida, se agudizan, se amplifican a todo el entorno, a los demás. Es aquí cuando las consecuencias hacen más daño que el buen sentimiento inicial, ese que quería hacer el bien. Recaer en la impaciencia me va llevando a la soledad. Identificarla, derrotarme ante ella, me acerca a la buena vida