Derrotarme ante la impaciencia no es ser un pasota, no es dejar que me humillen, no es dar la razón al otro aunque no la tenga, no es dejar de hacer cosas para estar mejor, no es estar conforme con todo, ni no poder decir lo que pienso, no es ser dejado. Derrotarme ante la impaciencia es querer mejorar las cosas, no generar conflictos, es evitar sufrir más de lo necesario, es tratar de mejorar las situaciones sin angustias, sin conflictos; es buscar el mejor momento para intervenir, evitar querer conseguirlo en el aquí, ahora, como una actitud ante la vida; es anteponer el bienestar, el mío, el de los que están conmigo, a mis intereses. Derrotarme ante la impaciencia es aprender a darme un tiempo para buscar mi sano juicio, ese que elige de entre lo que quiero lo que me conviene, es buscarlo en la Naturaleza, en los grupos, en personas con las que tengo confianza. Es poder no hacer caso a mi ego, ese que para ser feliz me dice todo lo que necesito en vez de todo lo que tengo. Poder desdramatizar las cosas que me pasan, que les pasan a los demás, eso me permite estar más cerca de ellos, estar mejor conmigo, sufrir menos, durante menos tiempo. Para esto está mi Poder Superior, la Naturaleza, en los momentos de confusión es la que, cuando estoy solo con ella, me ayuda a ver claro mi sano juicio. Derrotarme ante la impaciencia es tener un compromiso con la buena vida.