Es a través de mis defectos de carácter como puedo mejorar; mis virtudes, como ya las tengo, solo me ocupo de disfrutarlas, sin hacer un esfuerzo en mejorarlas, acaso en alargarlas para que duren más. Son mis defectos de carácter, la impaciencia, la que me lleva, a través de la derrota total, a ser mejor. Es mi impaciencia la que me dice que se tiene que hacer lo que yo creo, hacerlo como yo creo, cuando yo creo, sin dejar espacio para la visión de que aunque las cosas no salgan como me gustarían, tendrán otra forma de vivirlas, no menos feliz que la que yo pedía. La forma como puedo justificar mi derrota total ante la impaciencia es a través de mi sano juicio, ese que me dice, de entre lo que quiero, lo que me conviene; el que me dice que lo que yo quiero es que tal cosa se haga de tal manera pero lo que me conviene es no entrar en conflicto para conseguirlo; es mi sano juicio el que da prioridad a la derrota total antes que al conflicto; con dos argumentos válidos, uno es que con el conflicto siempre pierdo, aunque lleve razón; el otro es el que se basa en la esperanza de que lo que venga será algo nacido ya de algo bueno, aunque no sea lo que yo deseaba en su momento podría ser mejor o igualmente bueno, si logro aceptarlo, como algo donde he puesto toda mi buena voluntad en que salga lo mejor posible; aunque lo que suceda sea algo que rechazo, tener valor a sufrir sin actuar, no sería la primera vez que a través de caminos duros llego a un sitio mejor. Derrotarme ante la impaciencia me acerca a la buena vida.