Humildemente te pido que me liberes de mis defectos de carácter. La libertad que me estoy trabajando es el sentimiento de que si yo no quiero, decir algo, manifestar un comportamiento, pueda hacerlo. Es un sentimiento de fortaleza, en el que me veo cómo soy yo el que maneja mi vida, cómo vivo las cosas que me van pasando, las que me vienen sin llamarlas, las que provoco. Lo que no logro que me de la libertad es la manera de cómo vivo mis remordimientos; podría evitar manifestar un comportamiento que no quiero pero si no lo consigo no puedo verme libre de sus consecuencias, del sufrimiento que me produce. La libertad me hace pagar otro precio, el de renunciar a lo que no quiero, a que se produzcan las consecuencias de lo que temía, los motivos por los que mi impaciencia se manifestaba. Siento que soy libre cuando tengo sano juicio, ese que me permite decir, hacer dentro de lo que quiero, lo que me conviene. La verdadera libertad siento que la puedo alcanzar al sentirme derrotado ante la vida, tener una actitud de derrota total es poder manejar mis deseos, aceptar las cosas que me vayan pasando. Siento que soy libre cuando no tengo temores, esos que no me dejan estar bien conmigo, cuando supero el temor a que pasen cosas que no quiero. Cuando llego al estado de derrota consigo alejar los fantasmas que me atemorizan, esos por los que manifiesto mis defectos de carácter.