Hay recaídas en la impaciencia que siendo tan impulsivas, tan inocentes, tan del corazón, no parecen que deberían tener tales consecuencias, pero una vez cometidas arrastran un gran dolor, el que me producen los remordimientos. No todos los actos de impaciencia tienen los mismos resultados, unos parecen que no trascienden, aunque todos van construyendo un muro que me va aislando de los demás; otros comienzan con temas intrascendentes pero acaban con dolorosas consecuencias. Son actos impulsivos que no nacen del mal sino de querer hacer el bien; lo visible es mi comportamiento intransigente, es por él por el que me castigo con los remordimientos. Por el dolor que me producen esos remordimientos es por lo que estoy dispuesto a derrotarme incondicionalmente ante todas las manifestaciones de impaciencia, las grandes, las pequeñas. Si admito poder manifestar pequeñas impaciencias, las que creo que no deberían tener consecuencias, no lograré librarme de las grandes; todas tienen un mismo origen, una misma naturaleza. Al igual que con el alcohol no me valía poder beber un poco, ese poco me llevaría a un poco más, al todo; por ese camino ya he andado, lo conozco bien. Tampoco los defectos de carácter, de los que quiero liberarme, me valen manifestarlos un poco, ese poco me llevaría a un poco más, al todo. Mi actitud ante esos defectos de carácter tiene que ser de una derrota total. Es con esa actitud con la que voy logrando sentirme libre.