Siempre he tenido la certeza de que yo crearía una empresa, sería emprendedor. Mi gran ambición, el temor a fracasar me llevó a tomarme el trabajo demasiado en serio, mi ansia para que la empresa creciera, para tener más poder, más ingresos, más empleados, más sucursales, me llevo al aislamiento, me encontré solo desde el principio. El temor a fracasar, a que no se cumplieran mis deseos me hacía estar irascible, angustiado, aún así creo que no habría podido ser otra cosa. He pagado el precio de la soledad pero siento que he creado algo que podría perdurar, que me transciende. Tuve que pasar una crisis para ser consciente, ahora todo eso ha cambiado, ya no siento la ambición, el poder, los mayores ingresos, prefiero ser compañero de mis compañeros, ayudar más que mandar, ha disminuido el temor a que las cosas no salgan como yo quiero, aceptar lo que suceda, tener menos angustia, sentirme más libre. La motivación la necesito sacar de otro sitio, del trabajo bien hecho, de sentirme útil, de aportar valor a la empresa, de esperar que los demás valoren lo que hago, que les sirva para mejorar personal y profesionalmente. Esta nueva motivación no es tan fuerte como la otra pero me proporciona más autoestima y felicidad, me pide trabajarme la creatividad y la iniciativa, evitar los proyectos peligrosos sin dejarme empujar por la ambición de los demás, me pide compromiso conmigo, con mi familia y compañeros pero valora la tranquilidad. Creo que esta nueva situación laboral me acerca a la buena vida.