Durante una época preadolescente sentí mi falta de autoestima, llegué a sentir el rechazo de otras personas, el propio rechazo a mi cuerpo. Ese sentimiento se inculcó en mí, las relaciones las vivía con temor a que me rechazaran, me acabé aislando de todos excepto de los que estaban en mí círculo más próximo. Durante todo ese tiempo perdí la habilidad de tener buenas relaciones, mi posición ante las personas cercanas a mí era de control, controlar sus vidas, las de mi familia, las de mis amigos, las de los que trabajaban en mi empresa. Mi comportamiento no era natural, me sentía vigilado, no me manifestaba con naturalidad, tenía miedo a la ternura, antes de que me rechazaran yo me anticipaba a su rechazo, me comportaba de forma distante, no dejaba que accedieran a mi mundo. Ahora eso ya pasó, he tenido que derrotarme ante mi actitud para ver que las buenas relaciones sociales son las que más bienestar me producen, las que más influyen en mi felicidad. Cómo podía haber estado tan ciego. Es cuando me permito manifestar mi ternura, a las personas que me acompañan en este viaje por la vida, cuando noto su reacción, respetuosa, afectuosa en la mayoría de las veces. Entonces me embarga un sentimiento de afecto, un espíritu de amor que me deja en uno de los mejores estados, en el que nunca me podría haber imaginado antes. Este valor, al que más miedo le tenía, se ha convertido en el verdadero valor, el más auténtico, el que más me aporta a la buena vida.