El día que volví a morir me derroté totalmente ante mi mismo. Fue un sentimiento de tocar fondo, ya no podía seguir viviendo así, era una sensación de ya no más, es algo que me supera. He tenido dos veces esa experiencia. El día que me sentí morir, algo milagroso se produjo, sentí que una parte de mí murió pero nació otra, sentí que siendo el mismo era diferente. Creo que es necesario derrotarme ante las partes de mi carácter que me hacen daño, son esas expresiones de mi personalidad las que me agreden y agreden a las personas cercanas a mí. Cuando un defecto me hace sufrir en exceso he necesitado identificarlo para saber cómo es algo que me hace daño y cuando lo veo claro intento derrotarme ante él. Ese defecto me supera, me hace estar mal y hace daño a otras personas. Cuando luchaba con él creía que le vencería pero después de mucho dolor me ha vencido, derrotado. Prefiero verlo cada vez que se va a presentar y decirme: “ya me he derrotado ante tí, no voy a dejar que te manifiestes porque siempre me haces daño, aunque lleves razón”. No me merece la pena dejar que salga de mí, es preferible que se quede dentro, sin salir. La derrota total me acerca a la buena vida.