Es una postura que tomo para que no me hagan daño. Si con esa persona quiero seguir manteniendo una relación, el límite me tiene que ayudar a hacernos mejores los dos. Cuando me siento agredido por ella, la primera actitud a tomar es derrotarme ante la impaciencia. Si creo que tengo varias razones para saber que no se trata de un caso aislado, tengo que ser asertivo, hablar con la persona en el mejor momento, en un buen lugar, si es posible entre naturaleza, y de la forma más adecuada para que me entienda. Mientras, hasta que hablemos del asunto la haré saber lo importante que es para mí. Necesito describir su actitud “estas diciéndome o haciendo tales cosas”, mostrarla cómo me afectan “me hacen sentir mal”; demostrarla empatía “entiendo que estos son unos momentos malos, a mí a veces también me pasa”; buscar entre los dos soluciones “cuando estemos en esa misma situación, mejor nos decimos hasta mañana”; llegar a acuerdos “nos comprometemos a hacerlo y si vuelve a pasar a volver a hablarlo”; proyectamos las consecuencias sino conseguimos superarlo “no es abandonarte, es sentirnos distantes, nos perdemos el uno al otro, juntos pero en soledad”. Poner límites me permite evitar el sufrimiento mío, de los que están conmigo. Luchar todas las veces que sea necesario para vencer, para que esa persona, con mi ayuda pueda no pasar ese límite. No se trata de que la otra persona se comporte como yo quiero, que me trate como yo quiero, se trata de que no me agreda, que no sienta yo que me agrede. Poner límites me acerca a la buena vida.