Saber luchar, ganar, saber perder. Es el valor de la humildad el que me debe guiar para tener buenas relaciones; cómo me comporto con los demás, conmigo. Puedo luchar para vencer, también puedo derrotarme. La lucha me da un resultado incierto, depende de cosas o personas externas a mí el que salga vencedor o perdedor, pero elegir la derrota solo depende de mí, yo soy el que puede decidir que pierdo. Puedo luchar por esforzarme en tener sano juicio, ese que elige de entre lo que quiero lo que me conviene; puedo luchar por cosas que me piden esfuerzo, sacar un trabajo, no tomar alimentos con grasas y azúcares; para sacar lo mejor de mí puedo luchar por cosas que me hacen tener más valor, sentirme más valorado, por mí, por los demás, en mis aficiones, en mi trabajo, en mi salud, en mis finanzas. Pero contra mis defectos, esos comportamientos que hacen daño, a mí, a los demás, podría luchar pero eso me ha llevado continuamente al fracaso, volviendo a caer en ellos una y otra vez. Cuando aparecen, el valor que me ha servido es el de la derrota, llegar al convencimiento de que soy impotente ante ellos, no puedo con ellos; siempre que se han presentado me han ganado, haciendo sufrir a los demás, a mí; derrotarme totalmente ante algo que me supera, que no puedo con ello. No se trata de si llevo razón o no, cuando se presentan puedo derrotarme ante ellos o irme del sitio donde estoy. Cuando lucho y venzo, cuando me derroto, veo que sale lo mejor de mí, lo que me acerca a la buena vida.