Qué gran cantidad de sufrimiento ha causado mi actitud impulsiva, cuántos sentimientos de culpabilidad, cuánto daño he causado a los demás con este comportamiento; saber que lo podía haber evitado, que lo podría haber hecho de otra manera, cuántos remordimientos he tenido qué sentir. Mi actitud impulsiva, decir o hacer cosas en el momento que me notaba afectado sin dejar mediar un tiempo de reacción, en el que poder pensar cuál es la mejor actitud a tomar, esa que intenta conseguir las cosas con el menor daño posible. Este es uno de mis defectos de carácter que más perjudica, a mí, a los demás, es sobre uno de los que, en mi oración diaria, me tengo que derrotar. Derrotarme ante la impaciencia es la alternativa, darme un tiempo antes de actuar, dejar que las cosas reposen, no es importante, ni necesario, que mi ego diga o haga cosas en ese momento, calmar mis nervios, mis emociones, pedir ayuda, hablarlo con alguien para verbalizarlo, aclarar mis ideas. Esta nueva forma de comportarme logra acercarme a los demás, dejar de sufrir innecesariamente, de tener que estar culpándome, de sentir remordimientos. Este nuevo hábito me hace sentir mejor, me permite relacionarme con una nueva mirada hacia los demás, sin esperar que reaccionen como yo quiero, expresándome con ellos de una manera asertiva, buscando el momento, el lugar, las formas. Son las personas de mis círculos las que tienen ese poder sobre mí, el de hacerme feliz o infeliz. Dedicar mi tiempo a mejorar mis impulsos me acerca a la buena vida.