Siempre me a parecido que una de las cosas que más difícil me resultaba era controlar mis emociones, esas que se presentan cuando sucede algo fuera de mí y que me hacen actuar de una manera determinada, si es la ira con agresividad, si es la alegría con abrazos, si es el temor con la huida; mi problema estaba en que no era proporcional lo que yo manifestaba al hecho que la producía, por lo que muchas veces me llevaban al remordimiento, manteniéndome en un estado de sufrimiento. Lo que sentía es que las emociones me llevaban a decir y hacer cosas de forma impulsiva, aunque la mayoría de las veces eran reacciones adecuadas, otras muchas veces son inadecuadas, produciéndome sentimientos de culpa que me hacen daño, a mí, a los demás, que me aíslan, que me impiden ser feliz. Solo con la derrota ante mis emociones he visto cómo no aparecen de forma impulsiva; no se trata de si llevo razón o no, sino de si ese comportamiento me hace sufrir, a mí, a los demás. Aunque la derrota ante esa emoción dañina, que siento en un momento determinado, me pudiera dar la sensación de pasivo, no es así, lo que logro es actuar más con la cabeza y el corazón que con el impulso, mi parte más conflictiva. Ser consciente de cuándo se presentan las emociones que me hacen daño y saber derrotarme ante ellas, aunque lleve razón, me ayuda a ir cambiando mi comportamiento para acercarme a la buena vida.