El día que toqué fondo creo que fue mi primer acto de verdadera humildad, por primera vez supe que yo era incapaz de solucionar mi problema, supe que necesitaba ayuda; la busqué en un grupo de personas con mi mismo problema; por primera vez me sentí impotente ante mi problema, me había derrotado totalmente. Cuando me senté para hablar con ellos no se cómo pasó, lo podría definir como un milagro, al sentir la derrota total se produjo en mí un sentimiento de liberación. Desde siempre me han enseñado a luchar, a vencer, las derrotas podían ser parciales pero había que seguir luchando, había que mejorar, podía tener sentimientos de inferioridad pero había que superarlos, aunque eso supusiera continuas derrotas, nunca definitivas, siempre alerta para seguir con la lucha, no aprendí el valor de la derrota. Ahora sé que este valor es el que más me ha acercado a la buena vida, el que me ha permitido liberarme de mis defectos de carácter, de los que más daño me hacen, a mí, a los demás. Ha sido sentir un verdadero sentimiento de humildad, aceptar mi impotencia ante mí problema, que mi vida se había vuelto ingobernable, pedir ayuda. Ahora veo a mi ego de cara y puedo afrontarlo para decirle, ahora es tu turno, tienes que estar sentado ahí para cuando alguien venga derrotado seas uno más  de los que pueden dar su testimonio, indicar un camino, una nueva vida que para mí antes era impensable. Dar un sentido a la vida, a la buena vida.