Durante mucho tiempo he estado ciego, no he visto que el agradecimiento tiene mucho que ver con el amor. Me era muy fácil ser agradecido con las personas desconocidas, con las de mis círculos grandes, con las que estaba un momento, unas horas; podía dar las gracias por cualquier cosa por insignificante que fuera, al conductor que se para en un paso de cebra ante mí, a la persona que me deja pasar en una puerta, a un trato amable en una ventanilla, al conductor del autobús que me abre la puerta. Ahora he sido consciente de lo importante que, en mis círculos más cercanos, las palabras y gestos que me dicen, como pasa, toma, quieres, ponte, todas con la finalidad de hacer algo por mí, una pequeña atención hacía mí; esas palabras en el día a día no las valoraba, eran como otras cualquiera. Pero que ciego estaba al no agradecer a esas personas, tan cercanas a mí, esas palabras y gestos que son las que me hacen mejor persona, sentirme valorado y querido. Todas, palabras y gestos con algún sentido de afecto, que en un extraño me mueven al agradecimiento pero que en personas de mis círculos pequeños no las reconozco, no las siento igual, no las agradezco. Prestar atención a las pequeñas muestras de afecto de las personas con las que tengo más confianza, demostrar mi agradecimiento, hacérselo notar, me acerca a la buena vida.