Querer mostrar un estado de ánimo que no es real, querer parecer lo que no siento, sentir que estoy actuando como me gustaría que los demás me vieran, como me gustaría verme yo. Cuando quiero ser un ejemplo para los demás me olvido de mí, actúo de cara a la galería, de una forma ficticia, comienzo a valorarme si los demás me valoran, pongo el poder de mi autoestima en sus manos. Solo cuando no miro dentro de mí para ver lo que realmente me está pasando, lo que estoy sintiendo, es cuando me siento un farsante. Cuando intento ser fiel a mí mismo, acepto mi estado de ánimo, reconozco mis problemas, los obstáculos que me cuesta salvar para relacionarme, cuando reflejo mis sentimientos, mis emociones, es cuando puedo manifestarme de forma congruente, auténtica. Ha sido cuando mejor he reflejado mi estado de ánimo, mis sentimientos, lo que pienso, mis alegrías, mis frustraciones, mis éxitos, mis fracasos, cuando más acogida he tenido entre los demás, sin ponerme máscaras. Ha sido cuando no busco la aprobación de todos, sé que con unos me llevaré mejor, con otros peor; aceptar mis limitaciones en las relaciones me hace más vulnerable, más humano. Querer tener buenas relaciones, valorar las pocas que tengo como si fueran muchas, las que me permiten mostrarme como soy, las que no esperan de mí nada que no esté dispuesto a dar, con las que no tengo que aparentar. Mostrar mis sentimientos más auténticos, sin hacer daño, me acerca a la buena vida