Me bautizaron, me llevaron a la comunión, me casé por la iglesia, mi familia materna asiste mucho a las misas, se pude decir que era cristiano, católico. Hasta los 20 años sentí la presencia de un Dios como alguien en quien podía confiar, me protegía. Poco a poco esta figura se fue desvaneciendo hasta que a los 30 años volvió a aparecer, de otra forma. Ahora la espiritualidad la entiendo como lo que me ayuda a encontrar la buena vida. Es como un poder superior a mí que siempre está disponible; la encuentro en personas concretas, grupos de personas, en la Naturaleza. Son esos poderes superiores a mí los que me hacen mejor, me ponen en mi sitio, insignificante, me dan un sentimiento de que pertenezco a este mundo, que soy parte de él, de todo lo que vive, me hacen estar más alegre, esos poderes superiores rebajan mi sufrimiento, me animan a ser mejor. La espiritualidad me enseña el sano juicio, el que permite que me cuide, disfrutar de las cosas buenas, salir antes de las malas, me permite ser más consciente de mi autodestrucción. No necesito tener fe, Ella se manifiesta cuando yo la busco, depende de mí el encontrarla, solo tengo que ir donde está, en personas concretas que me hacen ser mejor, en grupos de personas que me ayudan a conocerme, en la Naturaleza es donde se manifiesta con todo su poder, la vida, me hace sentirme parte de Ella, alguien que por estar aquí ya nunca más la abandonará; Ella me ha traído, Ella me llevara, mi alma le pertenecerá para siempre. La espiritualidad me acerca a la buena vida.