Desde siempre he visto las ofensas que me hacían como un ataque; con motivo o sin motivo me intentaban hacer daño. Mi reacción también era ofensiva, era la manera que tenía para afrontarlas. Cuando me hacían una ofensa, mi parte mala se manifestaba, empeorando la situación, ya no era solo una persona la que hacía daño, ahora éramos dos. Ahora he entendido que la persona que intenta ofenderme, sea cercana o lejana, no debo tomármelo mal ya que uno ofende cuando no se encuentra bien, se pierde el sano juicio, se está autoagrediendo, manifiesta su parte enferma, sus defectos de carácter, que serán más graves cuanto más intenta ofender. Creo que las ofensas salen de las personas al verse afectado su ego; si yo consigo reducir mi ego también reduzco mi diana sobre la que están dirigidos sus dardos. Sé que la mejor actitud que puedo tener, ante las personas que me intentan ofender con o sin motivo, es la compasión. Compruebo una y otra vez que los enfrentamientos ante las ofensas solo sacan de mí mi peor parte. Ante la ofensa he comprobado que mi mejor posición es sentir compasión por esa persona en ese momento; si la persona que intenta ofenderme es cercana, dejar para otro momento el hablar con ella, cuando estemos más calmados, hacerlo así mejorará nuestra relación; si la persona es lejana, huir lo antes posible, evitar que llegue a perjudicarme. Sentir compasión ante las ofensas me acerca a la buena vida.