Ante una circunstancia cualquiera que afecte a mis emociones, lo habitual en mí es reaccionar y después pensar. En muchas ocasiones mi reacción es desproporcionada, en intensidad, en duración, en las formas, por lo que me embargan los remordimientos. Desde que soy consciente de esto, cuando algo produce una alteración en mis emociones, intento no saltar, evitar la acción-reacción, sino que me doy un tiempo para ver lo que está pasando, parar y pensar. Esto que ha pasado a ser algo importante en mi vida, me lo digo diariamente con la intención de practicarlo. Una de las cosas que me ayuda a parar y pensar es identificar mis emociones, ante la acción negativa de una persona, ante el estado de agitación de alguien cercano a mí, ante el miedo de otra persona, ante estas y otras situaciones lo que me ayuda es poner nombre a las emociones que siento. Otra de las cosas que me ayudan a parar y pensar es no sentir apego por la persona que me causa esa emoción, ser capaz, en el caso de que pertenezca a mis círculos más íntimos, de no dejarme arrastrar por sus emociones, sentir la posibilidad del desapego, esto no es quererla menos, muy al contrario, no reaccionar mal con esa persona. La cuestión no es si llevo yo razón o no, sino si mi reacción es la que quiero, la que no nos haga daño, ni a mí, ni a los demás. Esto tiene mucho que ver con no actuar por impulsos. No es importante que el mensaje que digo llegue ahora, sino que llegue bien. Parar y pensar me acerca a la buena vida.