Ser consciente de que había perdido el sano juicio, el que evita que me haga daño, y que yo solo no puedo recuperarlo, necesito ayuda. Esto es lo que esas personas me prometieron que se cumpliría si hacía El Programa. Continué con el paso tres hasta perder el miedo a ver como soy en realidad, las cosas malas y las buenas que tengo. Ver que puedo mejorar al sentir menos angustia a lo que suceda, mejorar al aceptar lo bueno y lo malo que me pasa como algo natural por estar vivo. Perder el temor a verme, conocerme, sin críticas, descubrir mis defectos de carácter, los que nunca he hablado de ellos con nadie, los que no quería mirar, los más escondidos en mi más profunda intimidad. Cómo he podido tener tanto tiempo oculto algo que me ha hecho tanto daño, a mí, a los demás. Vérmelos con la misma ternura con que miro a un niño pequeño, con todo el cariño con que me fue posible. Sacarlos a la luz, elegir una persona para poder contárselos, verbalizarlos sin esperar ningún comentario sobre ellos, solo escuchármelos. Al finalizar ese momento tan emotivo sentí que yo mismo me perdonaba, que podía comenzar a vivir sin el sentimiento de culpa que había tenido en el pasado; notaba que me acercaba a quererme, aceptarme, a ser más cariñoso conmigo. Pero todavía no sabía el largo camino que me esperaba, 15 años derrotándome cada día ante mis defectos de carácter, esos que vi, los que más me hacían sufrir. Los pasos del dos al siete me acercaron a la buena vida.