Un ejemplo de convivencia. “El único requisito para ser miembro del grupo es el deseo de dejar de sufrir”. “Eres miembro del grupo si tú lo decides. Nadie puede expulsarte. No importa lo bajo que hayas caído, lo malo que hayas sido, lo grave que sea tu estado psíquico; no tenemos miedo a que nos hagas daño, sólo queremos que tengas la misma oportunidad que nosotros. Eres miembro del grupo desde el momento en que tú digas que lo eres”. Ante estas declaraciones me descubro, no sólo son palabras, cada persona que deja de sufrir en el grupo es un milagro. Personas que estaban destinadas a una vida de sufrimiento descubren otra vida. Llegar a una sala donde hay un grupo de personas que te demuestran su afecto sin importarles lo que eres, lo que has hecho; lo único que importa es si quieres mejorar como persona, dejar de sufrir, dejar de hacer sufrir a los que más quieres. Sin nombre, ni controles, ni cuotas, nadie me obliga a nada, nadie me dice lo que tengo que hacer, sin dogmas, ni obligación de creer en nada, ni por mis inclinaciones personales, políticas, religiosas, por nada, sólo el deseo de pertenecer al grupo es lo importante y eso lo decido yo, ni ellos tienen ese poder. Es asombroso que con personas tan problemáticas como yo el grupo fluya de una manera tan fácil, sin conflictos de poder. El ambiente que se respira es de una afectuosa fraternidad; siento que hay un Poder Superior que se manifiesta cuando el grupo se reúne, querer ser mejores personas, buscar la buena vida.